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La reaparición de Joseph «Sepp» Blatter ha sacudido los cimientos del mundo del fútbol a pocos meses del inicio de la Copa del Mundo. El expresidente de la FIFA, a pesar de estar inhabilitado hasta 2027, ha utilizado su plataforma para lanzar ataques frontales contra la organización del torneo en Norteamérica, calificando la distribución de sedes como una falta de respeto hacia la equidad deportiva.

Blatter no se guardó nada al referirse a la logística del torneo, tildando de «miseria» y «migajas» los 13 partidos asignados a México y Canadá, respectivamente. Para el exdirigente suizo, el hecho de que Estados Unidos concentre 78 encuentros evidencia un desequilibrio total y una pérdida de la esencia multicultural que, según él, debe regir un Mundial. Además, denunció una fuerte «intervención política» por parte de la administración estadounidense en turno, algo que históricamente ha sido un tabú dentro de los estatutos de la FIFA.

La controversia ha escalado debido a que Blatter se ha sumado a las voces que sugieren un boicot de viaje hacia los Estados Unidos. Citando preocupaciones de expertos legales sobre políticas migratorias restrictivas y riesgos de seguridad, ha recomendado a los aficionados internacionales disfrutar el torneo por televisión en lugar de desplazarse a las sedes estadounidenses. Esta postura es vista por muchos analistas como un intento de desestabilizar la gestión de su sucesor, Gianni Infantino, con quien mantiene una rivalidad pública.

En el ámbito legal, Blatter llega a este 2026 con un perfil renovado tras haber sido absuelto de cargos de corrupción por la justicia suiza en agosto de 2025. Tras una batalla legal que duró una década, el suizo ha recuperado parte de su reputación jurídica, aunque la sanción administrativa del Comité de Ética de la FIFA sigue vigente, impidiéndole cualquier cargo oficial. Esto no ha impedido que su voz siga teniendo eco en las federaciones que aún ven con nostalgia su mandato de 17 años.

A sus casi 90 años, el hombre que lideró la FIFA durante la expansión global de los mundiales de Corea-Japón, Alemania, Sudáfrica y Brasil, parece decidido a no retirarse en silencio. Su sombra, marcada tanto por el crecimiento comercial del fútbol como por las cenizas del FIFAgate, continúa proyectándose sobre el torneo más grande de la historia, recordándonos que la política y el deporte siguen siendo hilos difíciles de desanudar.