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Gianni Infantino ha roto el consenso deportivo occidental al declarar que desea ver a Rusia de regreso en las competiciones de la FIFA. El mandatario argumentó que el fútbol debe permanecer neutral y que prohibir a un país por los actos de sus gobernantes es una medida ineficaz. «Alguien tiene que mantener abiertos los lazos», señaló Infantino, quien cree que el aislamiento deportivo no ha tenido un impacto positivo en la resolución del conflicto armado que comenzó hace casi cuatro años.

El enfoque humanista que intenta proyectar Infantino, centrado en permitir que los jóvenes rusos jueguen en Europa, ha sido recibido con escepticismo y rechazo por parte de los aliados de Ucrania. La crítica principal radica en que el fútbol es utilizado por el Kremlin como una herramienta de propaganda, por lo que el levantamiento de las sanciones sería visto como una victoria política para Rusia. Sin embargo, Infantino insiste en que la misión de la FIFA es universal y no debe verse limitada por fronteras ideológicas o bélicas.

Desde el Ministerio de Deportes de Ucrania, la indignación es total. Matvii Bidnyi recordó a la comunidad internacional que mientras Infantino habla de «frustración», los niños ucranianos viven bajo la amenaza constante de los bombardeos. El funcionario fue tajante al señalar que no se puede hablar de fútbol juvenil ruso sin mencionar la destrucción de la infraestructura deportiva en Ucrania, acusando al presidente de la FIFA de vivir en una burbuja ajena al dolor humano provocado por la invasión.

Esta división de opiniones también se refleja en la relación FIFA-UEFA, que parece estar en uno de sus puntos más bajos. Mientras que Nyon mantiene una línea dura de no retorno hasta que cesen las hostilidades, Zúrich empieza a presionar por una apertura gradual. Aleksander Ceferin, presidente de la UEFA, se mantiene firme en los acuerdos del Congreso del año pasado, asegurando que la integridad de las competiciones europeas depende de mantener las sanciones mientras la guerra sea una realidad cotidiana.

Finalmente, Infantino aprovechó para justificar los honores otorgados a Donald Trump en el marco del Mundial 2026, vinculándolos a una supuesta contribución a la estabilidad mundial. Al premiar al líder estadounidense y pedir clemencia para Rusia en el mismo discurso, Infantino intenta navegar aguas turbulentas, buscando un equilibrio que pocos en el mundo del deporte consideran posible. El futuro de Rusia en el fútbol internacional queda ahora en un limbo de negociaciones y fuertes críticas éticas.