La reunión reciente de la Presidenta Claudia Sheinbaum con los principales banqueros del país fue, en el fondo, un llamado directo a uno de los nudos estructurales que siguen frenando el crecimiento económico de México: la falta de crédito suficiente, accesible y barato para el sector privado.
El diagnóstico es claro y conocido, pero pocas veces se aborda con la franqueza que hoy exige el momento. México tiene un sistema bancario sólido, bien capitalizado y altamente rentable. Sin embargo, ese mismo sistema no está cumpliendo plenamente su función esencial en una economía que quiere crecer más: canalizar el ahorro hacia la inversión productiva.
Los datos son contundentes. México mantiene uno de los niveles más bajos de crédito al sector privado como proporción del PIB no solo entre los países de la OCDE, sino incluso frente a varios de sus pares en América Latina. Mientras economías como Brasil, Chile o Colombia presentan ratios significativamente más altos, México sigue estancado en niveles que rondan apenas una cuarta parte del tamaño de su economía.
Esto no es una curiosidad estadística. Es una limitación estructural. Menos crédito significa menos inversión. Menos inversión implica menor crecimiento, menos empleos bien pagados y menor capacidad para absorber innovación y tecnología. Dicho de forma simple: una economía sin crédito es una economía que camina con freno de mano puesto.
La paradoja es evidente. En los últimos años, la banca comercial ha reportado ganancias récord, márgenes financieros elevados y niveles de solvencia robustos. Y, sin embargo, el crédito no fluye con la misma intensidad hacia las pequeñas y medianas empresas, que son las principales generadoras de empleo en el país. El dinero está, pero no llega donde más se necesita.
Por ello, la Presidenta fue clara en su encuentro con los banqueros: México necesita que la banca preste más y más asequible. No por capricho político, sino porque el crecimiento económico lo exige. El llamado fue a construir esquemas de financiamiento más sencillos, menos burocráticos y con tasas más competitivas, capaces de detonar inversión privada real.
En los próximos días, además, se espera el anuncio de medidas conjuntas con la banca de desarrollo para ampliar el financiamiento a las pymes. Este punto es clave. La banca de desarrollo no puede ni debe sustituir a la banca privada, pero sí puede actuar como palanca, como mitigador de riesgos y como catalizador para que el crédito finalmente llegue a donde hoy no llega.
Asimismo, la conversación con la banca no se limitó al crédito. La Presidenta Sheinbaum también fue explícita en otro frente estratégico: la necesidad de acelerar la adopción de pagos electrónicos y avanzar en inclusión financiera. México sigue rezagado en este terreno. El uso de efectivo domina amplios segmentos de la economía, especialmente en la informalidad, lo que limita la trazabilidad, eleva costos y cierra la puerta a millones de personas al sistema financiero.
La experiencia internacional demuestra que esto sí se puede cambiar. El caso de Brasil con el sistema Pix es ilustrativo: pagos instantáneos, de bajo costo y accesibles que integraron a millones de personas al sistema financiero formal. El resultado no fue solo mayor eficiencia, sino más inclusión financiera, mayor control, mayor acceso a crédito y mejores condiciones para pequeños negocios y emprendedores.
Organismos internacionales han documentado que la inclusión financiera no solo reduce desigualdad, sino que mejora la productividad, amplía el acceso al financiamiento y fortalece el crecimiento económico de largo plazo. Formalizar flujos, digitalizar pagos y bancarizar a la economía informal no es una moda tecnológica: es una política de desarrollo.
El Plan México necesita crédito para funcionar
Aquí es donde todo converge. Más crédito, más barato; más inclusión financiera; más pagos electrónicos; más inversión productiva. No son piezas aisladas, son partes de una misma estrategia.
Nada de lo anterior es accesorio. Sin crédito suficiente, oportuno y accesible, el Plan México corre el riesgo de quedarse en un buen documento sin músculo financiero. La inversión no se decreta, se financia. Y el crecimiento no se proclama, se construye desde el mercado interno.
La banca privada enfrenta hoy una disyuntiva histórica: seguir siendo un sector altamente rentable pero desconectado de la economía real, o asumir su papel como socio estratégico del desarrollo nacional. Porque el Plan México no se juega solo en Palacio Nacional, sino en cada decisión de crédito, en cada tasa, en cada pyme que sí recibe financiamiento y en cada emprendedor que logra salir de la informalidad. Por eso esta discusión no es sólo técnica ni sectorial: es profundamente estratégica para el desarrollo nacional.





