En los últimos días, después de la incursión armada de Estados Unidos contra Venezuela se ha discutido extensamente la posible muerte del derecho internacional. La frustración con el orden internacional es entendible, dada la patente ilegalidad de los actos de Estados Unidos contra una nación soberana y un Jefe de Estado protegido por inmunidad. Sin embargo, parece prematuro declarar la muerte del derecho internacional; incluso, tal vez, estemos a punto de presenciar su renacimiento.
El derecho internacional comenzó a formarse cientos de años atrás, mucho antes de la sistematización que comenzó Hugo Grocio. Y nació de la necesidad práctica, no como una idea abstracta de algún erudito. Atenas y Esparta, el Imperio romano, el Imperio egipcio… todas las civilizaciones milenarias comenzaron a reconocer ciertas reglas para su convivencia. A partir de ahí y hasta la época actual, el derecho internacional se ha desarrollado de manera tal que regula todos los aspectos de la existencia de un Estado. Existen multitud de normas bilaterales, regionales, multilaterales, convencionales o consuetudinarias, etc., que incluyen desde los tratados de delimitación del territorio hasta el aprovechamiento del espacio ultraterrestre.
Todo ese enorme conjunto de reglas del derecho internacional enfrenta un desafío crucial: la ausencia de una autoridad supranacional con facultades para imponer el cumplimiento de sus normas; el derecho internacional depende en última instancia del cumplimiento voluntario de sus obligaciones por parte de cada Estado. Históricamente, los Estados más poderosos en términos económicos o militares, han sido reacios a cumplir con las obligaciones que restringen sus actos. En algunos casos incluso han reconocido que están dispuestos a ignorar alguna norma que les estorba. Ejemplos históricos abundan; aquí hay solo tres de los más recientes: la invasión de Rusia a Georgia y a Ucrania, la negativa del gobierno chino a reconocer un fallo del Tribunal de Arbitraje Internacional sobre el Mar de China que no le favorecía y por supuesto, la agresión de Estados Unidos a Venezuela.
Algunos acontecimientos de la última década, como la invasión de Rusia a Ucrania, el ataque de Israel a Gaza, la agresión de Estados Unidos contra Venezuela… han asestado un golpe duro al núcleo de los principios del derecho internacional. Pero éste no ha muerto y probablemente no morirá; miles de normas de derecho internacional continúan vigentes y seguirán aplicándose, porque los Estados continuarán teniendo relaciones entre ellos y la mayoría de sus interacciones son pacíficas y sin controversias.
La cuestión relevante es hacia dónde evolucionará el derecho internacional. De ahí la afirmación de que, tal vez, visto desde una perspectiva moderadamente optimista, la nueva realidad geopolítica pueda ser la oportunidad de desarrollar el derecho internacional hacia un instrumento más eficaz. Desde hace décadas, por ejemplo, se discute una posible reforma al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Si varios de los Estados más poderosos, que cuentan con poder de veto, ignoran las normas internacionales, es momento de buscar un consenso entre la mayoría de la comunidad internacional y enfocarse a una realidad jurídica donde el derecho internacional realmente se aplique.






