Al inicio de 2026, México vive un hito que pocos países pueden ostentar: el crecimiento histórico de su clase media y la reducción sostenida de la pobreza, reconocido por una de las instituciones internacionales más respetadas en materia de desarrollo económico y social, el Banco Mundial. Este dato no es un simple número estadístico; es la expresión tangible de una transformación profunda en las condiciones de vida de millones de familias mexicanas.
El informe más reciente de este organismo global, que combina rigurosidad técnica con comparabilidad internacional, muestra que entre 2018 y 2024 (un periodo coincidente con el inicio de los gobierno de la Cuarta Transformación) México ha experimentado una reducción de la pobreza de 13.6 puntos porcentuales, al tiempo que la proporción de personas consideradas dentro de la clase media aumentó 12.4 puntos porcentuales.
Bajo los criterios del Banco Mundial, una persona entra en la clase media cuando sus ingresos superan los 17 dólares diarios (alrededor de 340 pesos), lo que implica la capacidad de cubrir necesidades básicas y acceder a bienes y servicios más allá de la subsistencia. Por su parte, quienes perciben menos de 8.3 dólares diarios (aproximadamente 166 pesos) son considerados en situación de pobreza.
Quizá el dato más emblemático del informe es que por primera vez en la historia reciente de México, la población que se identifica como clase media supera en número a la que vive en pobreza. Este fenómeno es más que un logro estadístico: es un indicio de movilidad social y de acceso a oportunidades que hace apenas unos años parecían lejanas para vastos sectores del país.
De acuerdo con los números oficiales, en 2018 el 35.5 % de la población se encontraba en pobreza, mientras que la clase media era del 27.2 %. Para 2024, la pobreza se redujo a 21.7 % y la clase media creció hasta casi 40 % de la población total. Esto representa más de 13 millones de personas que salieron de la pobreza y alrededor de 12 millones que se incorporaron a la clase media en un periodo de seis años.
Este fenómeno no ocurre de manera aislada ni es producto del azar. La expansión de la clase media y la reducción de la pobreza están estrechamente ligadas a políticas sociales y económicas de largo alcance implementadas en los últimos años. Entre estas destacan:
- El fortalecimiento de programas sociales universales concebidos como derechos ciudadanos más que como asistencialismo. Esto ha generado que los beneficios alcancen a millones de familias, incorporándolas a esquemas de protección más amplios.
- Incrementos al salario mínimo históricos y sostenidos que han impulsado el poder adquisitivo de millones de trabajadores.
Este enfoque contrasta con modelos previos, centrados exclusivamente en estímulos al crecimiento agregado, al proponer que el desarrollo económico debe ser, ante todo, inclusión social. La lógica que subyace (y que el propio Banco Mundial ha reconocido) es que reducir la pobreza y fortalecer la clase media no es solo una cuestión de mayor ingreso, sino de mayor seguridad económica, acceso a servicios y capacidades para decidir sobre el propio futuro.
Desde una perspectiva social más amplia, el crecimiento de la clase media tiene implicaciones profundas en la estabilidad, la cohesión social y la calidad democrática de México. La clase media no solo representa un grupo con mayor poder adquisitivo; es el segmento que tiende a demandar mejores instituciones, servicios públicos eficientes y un entorno de oportunidades para sus hijos. En otras palabras, su expansión puede ser un motor para reformas estructurales y para una participación cívica más activa.
El Banco Mundial mismo advierte que, si bien el crecimiento de este sector es motivo de celebración, no todos los retos han sido superados. Persisten vulnerabilidades, como la informalidad laboral y la falta de redes de protección integral, que pueden dejar a muchos hogares expuestos a choques económicos, como pérdida de empleo o acontecimientos de salud inesperados. Por ello, es necesario consolidar este avance. Eso implica políticas públicas federales que incentiven la formalidad, otorguen mayor seguridad social y reduzcan las brechas regionales que todavía persisten.
México tiene ante sí la oportunidad de consolidar un modelo de desarrollo que no solo genere riqueza, sino que la distribuya con equidad y justicia social. El reconocimiento del Banco Mundial es un aval internacional que refrenda esta ruta, pero el verdadero juicio lo hace cada familia mexicana que hoy vive con mayor dignidad y esperanza.






