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La despedida de Checo Pérez de Red Bull en diciembre de 2024 se vivió como algo más que un simple cambio de alineación: fue una advertencia pública. Durante un evento en Ciudad de México, el piloto mexicano confesó que, al despedirse del entonces jefe del equipo, Christian Horner, le dijo: “lo siento mucho por el que vaya a llegar, porque le va a costar muchísimo.”

Ese mensaje no era retórica: Pérez explicó que conducir el monoplaza de Red Bull había sido, en sus últimos años, una de las tareas más exigentes de su carrera. Señaló que el auto se volvió “muy complejo de manejar”, con constantes adaptaciones técnicas, presión mediática e interna, y un desgaste mental considerable.

El primer piloto en ocupar su lugar, Liam Lawson, apenas duró un par de Grandes Premios antes de ser desplazado. Posteriormente llegó Yuki Tsunoda, pero los resultados tampoco lograron convencer a la escudería. La baja efectividad del reemplazo parece darle la razón a Pérez.

Para Checo, su salida no fue solo acertada, sino necesaria. Admitió que mantenerse en Red Bull en las condiciones que se vivían era insostenible y que la presión constante hacía del asiento un reto extremo, por encima del talento o la experiencia.

Hoy, mientras se prepara para volver a la Fórmula 1 con Cadillac F1 Team en 2026, Pérez revaloriza lo que consiguió en Red Bull ante esa adversidad. Su advertencia, a la luz de los hechos, ya dejó de parecer una amenaza para volverse una premonición. La pregunta es: ¿qué tan preparado estará su sucesor real para cumplir con las exigencias del ‘gigante’ austriaco?