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Durante los últimos meses, la discusión pública mexicana ha intentado interpretar —y, en ocasiones, manipular— la identidad política de la llamada Generación Z. Entre políticos, estrategas digitales y voces mediáticas, se ha construido la idea de que esta generación es apática, dispersa y difícil de convocar. Sin embargo, el análisis serio muestra algo distinto: la Generación Z sí existe, pero no está detrás de las murallas del ruido político ni de la violencia ideológica. Está, más bien, detrás de causas concretas, urgentes y profundamente económicas.

Los datos lo confirman. Para el 24% de las y los jóvenes de esta generación, el principal problema del país son las dificultades económicas, particularmente la pérdida de poder adquisitivo. Otro 15% señala la falta de empleo digno: salarios insuficientes, inestabilidad laboral y escasez de oportunidades reales. Es decir, la prioridad de los jóvenes no es la seguridad como bandera política, sino la posibilidad de construir una vida digna en un entorno económico adverso. Si hubiera un proyecto que colocara al centro la generación de oportunidades y el empleo digno, podría convocar al doble de jóvenes que una agenda centrada en el miedo y la violencia.

Este diagnóstico no es abstracto. El sábado pasado, colectivos juveniles reales se movilizaron, no para defender a un partido ni para sumarse a una narrativa impuesta, sino para exigir mejores empleos, acceso a la vivienda y una transformación profunda del modelo económico mexicano. Argumentan —con razón— que el modelo actual no genera suficiente bienestar ni justicia social.

Mientras tanto, los convocantes oficiales de la marcha optaron por la simulación. Afirmaron que la manifestación era encabezada por jóvenes de la Generación Z, sin siquiera intentar comprender sus agravios reales. Inventaron una identidad generacional ficticia, utilizando el imaginario juvenil como herramienta política. Este intento de apropiación simbólica no solo es deshonesto, es profundamente contraproducente.

Además, la conversación digital evidencia un exceso de ruido y una falta de discusión alrededor de una agenda disruptiva, que naturalmente convocaría a la Generación Z. El espacio digital, que debería alimentar la participación sin distinción, está siendo cooptado por una disputa estéril para controlar la narrativa política del país.

A ello, se suma un eslabón que a nadie beneficia: la violencia generada dentro de las movilizaciones. Exponer a los jóvenes, usarlos como carne de cañón dentro de la confrontación ideológica, a todas luces es irresponsable. Es también contrario a las causas que realmente los movilizan. Los jóvenes no marchan por la violencia: marchan por la posibilidad de un futuro digno y esperanzador.

La desinformación amplifica el problema. Vivimos en un remolino de post verdad, donde lo real se confunde con las mentiras repetidas una y otra vez. Análisis recientes indican que, durante el mes previo a la marcha, el 20% de las cuentas que animaban la supuesta narrativa juvenil estaban ubicadas fuera de México, principalmente en Colombia, España y Argentina. Aunado a ello, los actores que se incrustaron a la fuerza para tomar relevancia en el debate público, son organizaciones que no acaban de definirse y con ello generan desconfianza y resistencia hacía al resto de ciudadanos ávidos por hacer valer su derecho a participar libremente y en paz. Y aun peor, dando voz a banderas y luchas ajenas al interés nacional, que buscan colocar al país como un ente susceptible e incapaz,  frente a los retos mundiales.

A pesar de todo este ruido, sí existen jóvenes intentando construir algo auténtico y genuino, que promueva e impulse agendas como la reducción de la jornada laboral de 48 a 40 horas, el acceso digno a la vivienda, la mejora del transporte y la reconfiguración de un modelo económico que los reconozca y pondere en el centro de la toma de decisiones e incluya su derecho a un futuro digno. 

Una causa construida desde el engaño jamás podrá articular un proyecto de cambio real, profundo y que cuente con apoyo popular robusto.

Y justo en las causas, empatan con el proyecto de transformación que lidera la hoy Presidenta Claudia Sheinbaum, que impulsa el aumento de los salarios y acompaña sólidamente el proceso de reforma constitucional que requiere el país para reducir la jornada laboral; una de las demandas más profundas que enarbola la juventud; sin restarle importancia al ambicioso programa de vivienda para jóvenes, que ya es una realidad y está en marcha. 

A esto nos referimos cuando hablamos de acciones más que discursos llenos de simbolismos caducos. Para representar a los jóvenes no se ocupa solamente hablar su idioma o cantar su single. Se requiere estar en sintonía con su agenda y sus causas. Solo así y de esa manera se puede aspirar a representarlos.

La Generación Z no es apática. No es indiferente. Y no es un accesorio político. Es una generación viva, crítica, informada y profundamente consciente de los obstáculos que enfrenta. Entenderla exige escucharla sin intermediarios y sin manipulaciones. Solo así será posible construir una agenda con causa: una agenda que respete su autonomía, responda a sus demandas y reconozca su papel central en el futuro económico y político de México.

Las siguientes marchas, serán la oportunidad de mostrar los rostros detrás del teclado. El gran reto será ejercer orgánicamente sus intereses políticos, a través del ejercicio de su derecho de libre manifestación, sin ser secuestrados por intereses partidarios, ideológicos o hasta extranjeros, que buscan pretextos para realizar intervenciones en nuestro país.

Deseo que el manifiesto de la Generación Z logre atravesar las coyunturas superficiales y se consolide como un colectivo que dé voz a las causas, ponderando la agenda económica y de justicia social que aún está en deuda con ellas, con ellos y con México.

Mariana García Guillén

Mariana García Guillén es ex diputada local y ex coordinadora de programas sociales en Guerrero, licenciada en Derecho por la UNAM y cuenta con una Maestría en Democracia y Gobernabilidad por la UAM en España. Especialista en gestión pública, comunicación estratégica y marketing político, ha impulsado proyectos sociales y de desarrollo regional.