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El primer ministro canadiense, Mark Carney, reconoció que su administración evaluó la posibilidad de una acción militar de Estados Unidos contra su país, un escenario que calificó como un riesgo remoto pero analizado tras las constantes alusiones del presidente Donald Trump sobre convertir a Canadá en el “estado 51”.

En una entrevista con The New York Times, Carney defendió la medida bajo el principio de gestión de riesgos extremos, argumentando que omitir escenarios de baja probabilidad pero alto impacto sería una irresponsabilidad institucional.

Esta postura coincide con informes previos que revelaron la elaboración de un modelo teórico por parte de las Fuerzas Armadas canadienses para responder a una hipotética incursión. Dicho ejercicio militar estimaba que, ante la superioridad de Estados Unidos, el país perdería sus enclaves estratégicos en días, lo que obligaría a replantear la defensa hacia la guerra irregular mediante sabotajes, emboscadas y tácticas de resistencia inspiradas en conflictos asimétricos.

En el plano económico, estas tensiones se desarrollan en medio de la peor crisis bilateral en décadas, marcada por la ruptura de negociaciones comerciales, la imposición estadounidense de aranceles del 50 % a productos canadienses por valor de 27 mil 600 millones de dólares y la contramedida adoptada por Ottawa el 8 de septiembre con gravámenes equivalentes. Pese a este panorama de fricción arancelaria, Carney destacó que mantiene una comunicación directa y frecuente con el mandatario estadounidense para buscar acuerdos mutuamente benéficos.

Paralelamente al diálogo político, el gobierno canadiense aceleró una estrategia integral para reducir su vulnerabilidad y dependencia tecnológica de su vecino del norte. Esta directriz incluye diversificar alianzas económicas y de defensa con Europa, revisar contratos de armamento como los cazas F-35 y prescindir de sistemas satelitales estratégicos de origen estadounidense.